El sueño de un aventurero paracaidista invidente

31 mayo, 2013 Artículos, Conoce nuestros más exclusivos Eventos, La Zona de saltos, Los mejores Paracaidistas del sector están en Skydive Madrid, Prueba el Paracaidismo con tus amigos, Salto tándem, Skydive Madrid

Hoy en nuestro blog, os dejamos una entrada escrita por uno de los participantes de la Flying Blind celebrada en Skydive Madrid el pasado sábado 25 de layo .

Ocurrió hace unas semanas en Ocaña, en el Centro de Paracaidismo Skydive Madrid. Siempre había tenido esa ilusión. De niño me fascinaba todo lo que volaba y con lo que, de alguna manera, me sentía familiarizado: gorriones, jilgueros, golondrinas, aviones…; hasta las moscas, a menudo tan molestas, me sorprendían con sus monótonos y erráticos vuelos. De ahí que también me atrajese poderosamente la imitación humana de todo eso: el salto en paracaídas.

Recuerdo muy bien que a aquellos soldaditos de plástico, que eran pieza clave de muchos de nuestros juegos infantiles de los sesenta, les ataba unos hilitos en el cuello y los hacía suspender de un fino papel recortado en círculo a modo de rudimentario paracaídas. La cosa era muy simple: el juego consistía en dejar caer el soldadito (mi preferido era siempre el francés, no sé por qué) a cierta altura del suelo. La mayoría de las veces no pasaba nada interesante, el soldadito caía (casi siempre el francés) y el juego terminaba en un instante. Pero si hacía viento, aquello tenía algo más de interés: el soldadito, con su paracaídas, se desplazaba en el aire unos metros y luego caía bruscamente sin más.

Cuando perdí la vista a los nueve años, aquella fascinación siguió viva y operante en mí, si cabe, con mayor fuerza e intensidad. Por eso, cuando, de forma absolutamente casual, se me ofreció la posibilidad de experimentar el salto en paracaídas, no lo dudé ni un instante y acepté de inmediato la invitación que se me hacía. La mañana de aquel sábado era radiante, espléndida; la temperatura, suave y agradable; no hacía nada de viento. En el hangar donde esperaba la avioneta, el instructor jefe nos dio a mí y a mis compañeros agraciados por la invitación una completa charla teórico-práctica acerca de cómo era preciso proceder en las diferentes fases de que constaba la experiencia de vuelo que íbamos a tener.

…Y llegó el momento. Instalado ya en la avioneta que debía elevarnos a 4.000 metros de altitud, sentado en el suelo, a muy corta distancia de la puerta desde la que tenía que saltar, ligeramente colocado sobre las rodillas del monitor que saltaría conmigo, ya fuertemente unido a mí por la espalda mediante un arnés, pasé rápida revista, no a mi entera vida pasada (yo confiaba en que, a pesar de todo, no fuera para tanto), pero sí a las orientaciones e indicaciones dadas por el instructor jefe en la charla previa. Escuchaba con mucha emoción y cierto sobrecogimiento el atronador ruido que emitía el motor, también las últimas indicaciones del monitor que me había tocado en suerte (un búlgaro, cuyo acento muy marcado, confiaba, no me impediría entender las escasas, escuetas palabras que de vez en cuando, solícito, me dirigía). La tensión que, a pesar de mis esfuerzos por impedirlo, empezaba ya a dominarme por entero, llegó a su punto culminante cuando, no obstante el estruendo reinante, oí con toda nitidez las señales acústicas que anunciaban que la altitud necesaria (4.000 metros) había sido finalmente alcanzada. Se abrió entonces la puerta que a escasos centímetros de mi izquierda tenía (puerta abierta que se me antojaba ser en aquella tensión reinante las insondables y sombrías fauces abiertas de la nada), giré sobre mi izquierda, dejando caer ambas piernas en el abismo abierto ante mí y el monitor (el búlgaro siamés pegado a mi espalda), despiadado o simplemente rutinario, empujándome suavemente hacia adelante, profirió impasible: “¡Saltamos!”.

¡Y ya lo creo que saltamos! Saltamos y durante unos 50 segundos nos batimos ambos, en posición decúbito prono, yo abajo y él arriba, contra el viento y el vacío en caída libre, libérrima diría yo, pues la sensación de velocidad y de desplome era absoluta. En aquella posición, “volando” hacia abajo a más de 250 kilómetros por hora, respiraba con alguna dificultad. Mi siamés búlgaro, mi ángel custodio me indicaba con señas de sus manos en mis hombros (no podíamos ni siquiera hablar, ni tampoco nos habríamos oído el uno al otro) los movimientos que yo debía ejecutar con brazos, tronco y piernas, indicaciones que yo, por supuesto, obedecía sumiso al instante. A aquella velocidad sólo se escuchaba el viento, un viento áspero, frío y resistente. Y volaba, volaba tenso, expectante, sintiendo, sobre mí, mi siamés, y debajo, nada, vacío.

Fue entonces cuando sentí un fuerte tirón hacia arriba y una convulsión general en todo mi cuerpo, tras lo cual…, de la tempestad surgió la calma, del sacudimiento universal la pacífica y sosegada estabilidad: ¡el paracaídas se había abierto y sus alas protectoras nos albergaban ahora en tranquila verticalidad! Del mismo modo que de la noche siempre surge el día, del más el menos y del infortunio la felicidad (ley fundamental de los contrarios que rige en la Naturaleza toda), de la fuerza e intensidad irresistible de la caída libre habíase engendrado el suave y delicado sosiego de un vuelo tranquilo bajo aquel paracaídas benévolo y salvador. Flotábamos. Mi siamés custodio (también benévolo) me aflojó un tanto la presión del arnés por la parte del pecho. Así respiraba mejor y podía apreciar más libremente el cúmulo de sensaciones varias que me dominaban: sensación de libertad, de paz, de ligereza suma; sensación de amplitud, de profundidad, de inmensidad; sensación de plenitud, de pureza, de casi endiosamiento. También grité y pensé y “sentí” mucho en Ella.

Y como todo lo que empieza tiene también su fin (otra ley fundamental que impera igualmente en este mundo sublunar que nos alberga), nuestro aéreo viaje, apasionante viaje, llegaba asimismo a su término. Mi compañero siamés, ahora ya verbalmente, me comunicó que debía doblar las piernas hacia atrás, todo lo más posible. Así lo hice y en escasos segundos, suave y casi insensiblemente, tocaba tierra con mis nalgas y mis pies. Pegué un salto, lancé los brazos al aire, grité y abracé a mi ángel custodio.

Mi sueño, sueño forjado ya en la infancia a propósito de la contemplación del vuelo ágil de los pájaros, del inquietante e incomprensible vuelo de los aviones, del vuelo errático y anodino de las moscas y del vuelo torpe y brusco de los soldaditos de plástico (sobre todo del francés), se había al fin cumplido: ¡yo también había volado, saltando en paracaídas de una avioneta, a más de 4.000 metros, y a pesar de ser ciego, había “visto” la inmensidad del cielo y la plenitud de lo que sobre tierra firme nos recubre y nos domina!”

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